sábado, 28 de diciembre de 2013

Los dos mundos que habitamos. Sobre la "Historia de las utopías" de Lewis Mumford.



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«El hombre camina con los pies en el suelo y la cabeza en el aire, y la historia de lo que ha pasado en la Tierra ―la historia de las ciudades y de los ejércitos y de todas las cosas que han tenido cuerpo y forma― es sólo la mitad de la historia de la humanidad.»
La otra mitad es, según Lewis Mumford, la que transcurre en el mundo de los idola, de las imágenes y representaciones que el ser humano crea en su interior. Aquello que caracteriza a nuestra especie: su capacidad para la creación de símbolos, su fértil imaginación, capaz de construir ciudades y alzar mundos enteros en su mente que, al final, se convierten en guía para sus acciones concretas en el mundo material. Esas imágenes no son «reales», como tampoco lo son el Norte o el Sur, y sin embargo Norte y Sur son conceptos que nos sirven para orientarnos, aunque nunca estaremos en ellos. De igual modo se comporta la Utopía. Sólo quienes están sujetos a una dura disciplina, «como el asceta hindú o el hombre de negocios americano», son capaces de eliminar de su conciencia uno de los dos mundos. Siempre habitamos a caballo entre los dos. Hasta el más mezquino y ruin de los seres humanos actúa movido por un ideal, y seguramente sus ideales sean la causa de su mezquindad y su ruina. Sólo hemos podido renunciar al pensamiento utópico asumiendo la disciplina del Desarrollo.
En su libro, Mumford distingue entre utopías de evasión y utopías de reconstrucción. Las primeras son como islas encantadas, que sólo proponen un retorno al útero materno, donde ningún peligro nos amenaza y el conflicto no existe. Atienden a una necesidad vital de escapar de las contradicciones del mundo que nos impiden adaptarnos a nuestro entorno. Se entiende que, en nuestras sociedades contemporáneas, la distancia entre lo deseado y la realización de un mundo hipertecnológico cada día más opresivo, promueva todas las utopías de evasión. En ellas puede brotar el mejor arte y la mejor literatura. Pero quedarse demasiado tiempo en allí conduce a la inmovilidad y a la frustración.
El segundo tipo de utopías, las de reconstrucción, se lanzan hacia el mundo exterior con la voluntad de transformarlo, en lugar de contentarse con la promesa de la isla encantada (de la vieja Edad de Oro), se adentran en ella y acondicionan su entorno para una mejor adaptación de la vida humana. Estas utopías son las que promueven un entorno radicalmente distinto, pero referido a la globalidad de la vida, tanto a sus técnicas y construcciones, como a sus valores y sus relaciones sociales. Las utopías del inventor y del industrial carecen de la segunda parte de ese contenido y, en gran medida, son las que vienen transformando el mundo a su imagen y semejanza desde hace más de doscientos años. Mumford lo resume con un ejemplo que aquí adaptamos: un hombre con la mentalidad de un comerciante del siglo XVI que conduce un automóvil de 2013, sigue siendo un hombre del siglo XVI.
Las utopías han transformado sólo la superficie de nuestro mundo material, y han dejado intactos los fundamentos del ser humano, que sigue atrapado en contradicciones aparentemente irresolubles entre razón y fe, ciencia y mito, pragmatismo e idealismo, mientras su entorno es transformado (y devastado) a un ritmo inédio por el Desarrollo.
¿Por qué ha sucedido esto? Para Mumford la respuesta es sencilla: porque nuestras utopías no eran lo suficientemente buenas. Antes de emprender su recorrido histórico por ellas, nos advierte de su intención: si se emprende el viaje es para ir más allá de la Utopía. No se propondrá una nueva al final del camino, sino que se desvelarán los falsos cimientos sobre los que se han construido las utopías que han condicionado el desarrollo de nuestro mundo contemporáneo. Para concederle una posibilidad a la Eutopía (el buen lugar) hay que insertarla en la vida cotidiana. De otro modo estará condenada a ser siempre una Outopía (el no-lugar).

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 Mumford inicia su travesía en La República de Platón y nos lleva hasta las Noticias de ninguna parte de William Morris y Una utopía moderna de H.G. Wells. En el camino constatamos cómo, a partir del Renacimiento, las utopías comienzan a proponer múltiples modelos de ordenar el mundo, se abren las posibilidades de una reorganización del espacio construido por el ser humano como no se había conocido hasta entonces. La conquista de la naturaleza y el progreso de la humanidad parecen estar al alcance de la mano. Pero estas utopías se diferencian de las clásicas en que cada vez prestan más atención a la organización del mundo industrial que se va gestando al calor del primer capitalismo mercantil y el desarrollo de las manufacturas. Poco a poco se van especializando, y aunque aún quieren tener un carácter global y proponen cierto tipo de commonwealth, el divorcio de la ciencia aplicada respecto al resto de saberes comienza a generar un desfase evidente. El progreso de las fuerzas productivas no se corresponde con los progresos humanos. Las utopías del siglo XIX, durante el desarrollo del primer industrialismo, se concentran en la organización industrial, la distribución del salario, la eficiencia del trabajo, y por eso acaban siendo utopías donde la tecnología ocupa un lugar predominante. Los Owen y Fourier no escapan a esta parcialidad. Adam Smith y Karl Marx tampoco. Es en ese momento cuando la Utopía tiene que desligarse de la realidad o limitarse a las propuestas de un mundo-cuartel-fábrica que asfixia la libertad y no propone un entorno nuevo para el desarrollo del potencial humano, sino que regimienta a los hombres con tal de hacerlos mejores dentro de la Máquina.


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He aquí el desarrollo que la Utopía conoce hasta los tiempos de la primera Revolución Industrial. En adelante, Mumford se encargará de desentrañar los idola que han aparecido con esta transformación del mundo material y que han condicionado nuestras sociedades contemporáneas. Detecta dos fundamentales: la Casa Solariega y Coketown. La primera es la utopía de la autonomía y la abundancia, de la autosuficiencia aislada que se nutre de unos alrededores a los que parasita. Es el ideal de la clase ociosa que tan bien describiera Thorstein Veblen. En su traducción más moderna: la república independiente de tu casa. Es exactamente el encierro en los placeres privados, el retiro de la ciudad y el desarrollo aristocrático del gusto como criterio de la vida buena. La Casa Solariega desarrollará un refinado espíritu del goce, pero descuidará tanto los aspectos de la creación (sustituidos por el consumo) que acabará transformando la vida buena en una vida de bienes, poniendo las bases, a juicio de Mumford, del consumismo individualista que impera en las sociedades modernas.
Pero la generalización de la utopía de la Casa Solariega se llevó a cabo por su relación con Coketown, la ciudad industrial, que orientaba todas sus energías a la producción de bienes de consumo. La creación de necesidades y de bienes que las colmaban para crear necesidades nuevas, generalizó el gusto por el consumo suntuario. Y siempre que han surgido las crisis del sistema industrial, la respuesta ha sido idéntica: construir más casas y llenarlas de cosas. Coketown produce y la Casa Solariega consume. Pero los trabajadores de Coketown serán empujados a reclamar siempre tener su propia Casa Solariega, y eso hará crecer a Coketown más allá de sus límites naturales y generará un hito que la diferencia del resto de utopías: el montón de basura que crece a su alrededor.
¿Cómo se reconcilian estas dos utopías, cómo puede permanecer el consumo diferenciado ante la producción ingente de bienes de consumo? Aquí Mumford detecta una tercera utopía que viene a regular las fricciones surgidas de la relación entre las anteriores. Ambas se unen, y se sintetizan, en la utopía del Estado nacional. El idola fundamental del Estado nacional es su Megalópolis, su ciudad más importante, que constantemente renueva el mito del Estado por su enorme capacidad de producir papel. Es decir, burocracia centralizadora, generadora de ideología, que mantiene unidas la Casa Solariega y Coketown (a trabajadores y rentistas, oprimidos y explotadores) bajo la ficción de una comunión nacional que no se corresponde con ninguna delimitación geográfica o antropológica. Megalópolis es una ciudad de papel, trufada de oficinas, planos, reglamentos, formularios, títulos; generadora de infraestructuras nacionales y mitos pacificadores a través de la propaganda; que crea la uniformidad y la estandarización. El habitante de Coketown y el de la Casa Solariega se convierten así en ciudadanos del Estado y habitantes de la Megalópolis.

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Estas tres utopías, según Mumford, son las que han dado forma, desde hace más de doscientos años, a nuestras sociedades. Siguen presentes, y las utopías parciales que han tratado de reformarlas han fracasado por un motivo: su unilateralidad. Las utopías políticas posteriores a la industrialización cometieron un error: al criticar principalmente la distribución y la propiedad asumieron como válidos los fines a los que aspiraba el mismo orden que pretendían derrocar, y así se contentaron con la universalización de sus productos (desde las cuchillas de afeitar a los Parlamentos). «Como si un cambio de propietarios o en el equilibrio de poder pudiese alterar el rostro de Coketown y, de esta manera, sus hornos dejasen de arder y sus cenizas de polucionar.» Al no interesarse por la vida del espíritu, y tan sólo buscar la victoria de un partido, y la toma del poder dentro de la utopía desarrollista, perdieron de vista los objetivos humanos que podían justificar sus revoluciones.
¿Cómo recuperar entonces esos objetivos? Mumford, consciente de las limitaciones que ya en su época tenía cualquier revolución partidista, culminaba su Historia de las utopías reclamando con urgencia que la Eutopía, el buen lugar, acercase sus idola a la vida cotidiana, que propusiese una nueva commonwealth, y lo hiciese en contra de la universalización de la Casa Solariega, Coketown y Megalópolis. En lugar de reclamar indignados el acceso a una vida de bienes, era necesario realizar la utopía de la vida buena. Y pedía hacerlo «antes de que nuestro mundo mental [estuviese] tan vacío y privado de mobiliario útil como una casa abandonada».
Es hora de revelar que Lewis Mumford escribió este libro entre febrero y junio de 1922. Y si ya entonces nos advertía: «nuestra elección no es entre la eutopía y el mundo tal cual es, sino entre la eutopía y nada. O mejor, la nada.» Hoy parece que nos encontremos, efectivamente, en la Outopía, la nada, un lugar inexistente, donde la vida mental se ha reducido al mínimo y la expresión de unas formas distintas de sociabilidad ha quedado sepultada bajo un montón de basura tecnológica que crece cada día. «Inexistente» no quiere decir que sea «irreal» sino que, precisamente, su realidad cotidiana se desarrolla en la pura inexistencia.
En estos momentos de desorientación y derrumbe de muchos de los idola que han sostenido hasta ahora nuestras sociedades industrializadas, volver a la obra de Mumford, a su sentido histórico y a su confianza en la capacidad del ser humano para trazar un rumbo distinto, casi se antoja un ejercicio de voluntarismo. Pero a falta de otro mejor, y ante el total descrédito y bancarrota de los Idólatras de los Últimos Días, parece razonable empeñarse en una utopía de reconstrucción. ¿Qué otra forma de pensar nos queda viviendo entre las ruinas?

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