lunes, 17 de febrero de 2014

Combatir lo peor


«Si lo peor permaneciera idéntico a sí mismo, en cierto modo sería demasiado fácil de combatir.» 
(Jaime Semprun)


Para quienes estamos, como quería Albert Libertad, contra los pastores y contra los rebaños, el lento pero seguro declive de nuestras sociedades desarrolladas nos ofrece múltiples oportunidades de combatir lo peor cuando se presenta bajo el aspecto de «lo menos malo» o, aún peor, como «el mal necesario». Es decir, quienes defendemos que no hay reforma posible para el modo de vida que hemos creado en los dos últimos siglos, y que la salida del capitalismo requiere renunciar al mundo industrial y tecnológico que se nos impone como única forma de existencia, debemos de estar preparados para ejercer la crítica de lo no evidente. Estar contra aquellos que quieren mejorar el funcionamiento de la opresión o hacerla al menos algo más soportable. Eso nos deja en un lugar muy poco cómodo. Siempre se nos podrá acusar de agoreros, Casandras malintencionadas, propagadores del desánimo, desmoralizadores y tantas otras cosas. Ante esto sólo cabe decir que son precisamente las ilusiones de progreso de esta sociedad y la realización del sometimiento efectivo a sus dictados, aquello que desmoraliza y propaga el desánimo con mayor eficacia. Quienes tratamos de combatir aquellas ilusiones y sus tiranías sin ofrecer a cambio ningún consuelo o redención, rara vez tenemos seguidores. Esa ha sido históricamente la tarea de los pastores, no la nuestra.
Los nuevos aspirantes a guiar el rebaño electoral a través de plataformas como Podemos, representan hoy «lo peor», que ha mutado en sus formas para hacernos tragar la papilla insulsa de siempre. Si apelando a la «audacia» y a las exigencias de una situación «de excepción» acabamos aplaudiendo la figura del tertuliano televisivo y depositando las esperanzas de un cambio social en la enésima aventura electoral de una candidatura izquierdista, valdría la pena no ser tan audaces. O al menos emplear nuestras fuerzas en cosas mejores.
Como en otros momentos de la historia reciente, a la resaca de las movilizaciones más o menos espontáneas, movidas por un pathos de la indignación, le sigue el anhelo y la exigencia de la organización eficaz, la conciencia de la necesidad de un liderazgo capaz de reducir la algarabía a unas directrices bien claras. Siempre surge quien está dispuesto a aceptar el «mal menor» para tratar de encauzar el malestar y el descontento y llevarlos a buen puerto. Pero rara vez se indica la localización exacta de ese puerto de llegada, por lo que debemos depositar nuestra fe en quien nos guía y, esperanzados, delegar estratégicamente nuestra responsabilidad; aplazar, de nuevo, el momento de tomar en nuestras manos las decisiones que afectan a cómo queremos vivir. Por cierto, que el margen para ese tipo de decisiones se ha reducido a mínimos inéditos en los últimos cien años de modernización. Por ello, se entiende la tentación a delegar en la «buena representación» (o la menos mala) antes de asumir que la representación misma es parte del problema.
¿Que así tendríamos un Parlamento más colorido, con jóvenes universitarios muy leídos dispuestos a luchar a brazo partido en defensa de nuestros intereses? Sea. Pero no dejaría por ello de ser un Parlamento; igual que una central nuclear pintada de rosa chicle no deja de ser lo que es. Las Instituciones, el Estado, la Industria, el Desarrollo, no son meras herramientas que utilizadas de buena fe den resultados distintos de los que sufrimos a diario. Son, siempre lo han sido, formas de relación social, y todos aquellos que se presentan como los próximos gestores no hacen más que perpetuarlas. Por tanto, ni «podemos» ni «queremos» formar parte del rebaño, mucho menos convertirnos en pastores.
Diremos, con Albert Libertad:

«Que el ganado electoral sea guiado a correazos, es algo que nos importa poco; el problema es que construye vallados tras los cuales se encierra y quiere encerrarnos, que nombra a los amos que lo dirigirán y quieren dirigirnos».

Transformar la sociedad que necesita los Parlamentos, la Industria y el Desarrollo, requiere dejar de participar en ella. Y eso no se hace eligiendo amos «mejores». La pregunta evidente del coro que siempre opta por el mal menor dice:
«Y entonces, ¿vosotros cómo hacéis para sustraeros a las condiciones de vida que tanto criticáis?»
Respuesta: «Lo hacemos como todo el mundo; con muchísima dificultad.»

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